Gambito: Las contradicciones de una ajedrecista ficticia

Gambito de Dama es la miniserie más exitosa de Netflix en todo su tiempo al aire. Así lo confirmaba la misma plataforma al asegurar que más de 62 millones de veces había sido reproducida la serie en el mundo. Una historia que fusiona algunos de los elementos más relevantes en cuestiones sociales, históricas y todo ello, en parte porque necesitamos más de estas visiones frescas y en parte porque asociarse a los debate en marcha como la reivindicación social de la mujer, también vende. En la figura de Elizabeth Harmon, nos muestran nuestros más profundos deseos. O, al menos, lo que debemos desear.

El gran hit trata de una chica que lucha en un mundo de hombre. Este es un arquetipo que ha iluminado siglos de lucha y que más que nunca, marca a nuestra generación. Si el feminismo pelea por la igualdad, este debe estar respaldado por modelos y héroes que se equiparen a los que han regido al así llamado patriarcado tóxico durante un tiempo irresponsablemente abusivo. Ante figuras que definan el comportamiento ideal de los hombres, debe existir su equiparable para las mujeres, con igual poder, con igual altura.

Tal parece ser es el extremo de dominio masculino que el ejemplo que, en mi opinión, mejor lo muestra, es la impronta de ver como algo normal que los hombres hayan tenido el permiso implícito de tener una amante o varias y hasta una familia paralela y aún así, sean las mujeres quienes se enfrentaron entre sí por la representación de la deshonestidad como si fuera un premio solo por ser un hombre. Hoy seguimos en esos términos, pocas mujeres se atreven al desenfreno sexual sin el miedo a la acusación pública, a lo mejor Phoebe Waller-Bridge con su serie Fleabag sea quien mejor lo haya abordado.

El asunto de la revolución, la quema de banderas y el estado de rebeldía constante es que, por algún motivo, aunque se ponga en marcha el cambio de paradigma y se den pasos pequeños, no puede ser ocultado que en todas partes, como diminutos insectos que invaden silenciosamente la casa, quedan residuos legimatizados del viejo orden. Avanzar es también llegar a los puntos de quiebre en donde se deba estipular con firmeza el lugar de nuestra lealtad como militantes. Elegir entre lo bueno y lo malo y ser firme al respecto.

Una mujer venciendo a todos los hombres, un ideal que empodera, que vende.

Elizabet Harmon recurre a la independencia, la autonomía y la tenacidad para mostrar un ideal de mujer empoderada, con ello conviven patrones de estereotipos estéticos que son un problema no resuelto de la sociedad en general: es una mujer delgada, con un gran sentido de la moda y del estilo, cuyo talento es equiparable a una genialidad innata anormal que la relega a esos casos de uno en una generación y se ve como la chica imposible de ser.

Harmon tiene tres derechos fundamentales: el derecho a verse como quiere verse, el derecho a que se le reconozca como la mejor sin tener en cuenta sus características biológicas (género) y el derecho a no ser juzgada más allá del nivel competitivo (ajedrez). Entonces, si son esas las tres enseñanzas que la serie quiere legar (y es una opinión subjetiva ya que las interpretaciones son muchas) analicemos las contradicciones que requieren una reflexión más amplia para entender qué entendemos cuando vemos la serie.

Derecho a verse como quiere verse.

¿Tendría la serie de Netflix el mismo efecto si el papel de Harmon hubiera sido interpretado por una actriz como la nominada al Óscar Melissa McCarthy? La respuesta puede ser afirmativa, su talento es innegable y su capacidad es de primera calidad pero con esa elección se rompería la posibilidad de mostrar relaciones amorosas y una autodeterminación acorde a la fantasía y al cuento de hadas por excelencia prototipico y venenoso. La princesa sigue teniendo una silueta diminuta y frágil.

El personaje es solo un tipo de mujer, el más deseado, el más emulado, el más criticado. Si bien es válido, ¿qué pasa con los otros?

¿Cómo me atrevo a cuestionar que un personaje femenino hermoso y de ensueño luche por su derecho al proyecto autorreferente de vida? me atrevo porque la otra actriz fetiche de estos meses también resulta ser salida de Netflix: Emma Corrin haciendo de la eterna Diana Spencer en la serie The Crown. En ella sí podemos encontrar esos rasgos atribuidos a las mujeres que han tenido un doble filo: por un lado la fragilidad, la ternura, la dulzura, el sufrimiento y por otro el ataque, la resistencia, todo ello a partir de la definición de un hombre: el príncipe de Gales, quien por cierto aplicó el asunto del comienzo sobre la legitimidad de su amante.

El personaje debería poderse ver en la cara y el cuerpo de cualquier mujer, también de una que se adhiere al concepto de belleza actual, por supuesto, pero es que de eso ya hay mucho. Pierde fuerza su argumento en un mundo en el que todos creemos, o queremos creer, en la diversidad y es ahí cuando los discursos causan ruido. ¿Estereotipos? ¿valor? ¿avances? claro que los hay, pero en torno a seguir el camino de la reforma hacia la salud sobre la belleza, hay que prestar atención al horizonte. En la serie The Undoing de HBO nos dan una mirada del mundo que supuestamente queremos derrocar y el que nos ha sometido a estándares imposibles y aún así, vemos a un Hugh Grant inusualmente arrugado junto a un Nicole Kidman despampanantemente joven.

lemas es convivir con las contradicciones. Exigimos un mundo nuevo pero aún no sabemos como hacer que las mujeres dejen la idea de la belleza como impronta para un mundo en transición. ¿Sin operaciones, es Hugh sexy? ¿así se mide su validación en la industria?

Vanessa Rosales, escritora colombiana, no ha ocultado su fascinación por la serie. Le ha dedicado dos posteos en su cuenta de Instagram al personaje de Elizabeth Harmon. En el primero de ellos afirma que “La historia es una fábula, una narración ficticia y sin embargo, nos permite entrever lo que hubiese sido posible para tantas mujeres si hubiesen podido ejercer su talento y destreza en condiciones equitativas.” Su razón radica en el hecho de que es una mujer singular, que en aspecto representa a todas las mujeres como sinónimo de fuerza, destreza y capacidad; por el otro en cambio se muestra a una mujer con dificultades para encontrara aliadas en su propio género. Está bien, pensamos que la historia se desarrolla en 1963, pero hoy no es excusa para arriesgarse a mostrar en realidad la manera en que las mujeres tuvieron y tienen que existir. ¿Donde están las otras mujeres que engrandecen a Harmon? ¿Por qué su lucha debe darse en solitario.?

Para los teóricos literarios adheridos al romanticismo alemán, la mejor crítica a una obra de arte no es hablar sobre ella, es re hacerla mejor. Con esto vemos que ya no basta con mostrar las dificultades del pasado, hay que mostrar cómo debió verse un mundo justo, de esa forma se abandonaría el lugar victimizado y se re escribiría la historia. Ya sabemos como eran los tiempos anteriores, ahora que nos muestren cómo debieron ser. Ejemplo de ese recurso lo encontramos en “Érase una vez en Hollywood” donde Quentin Tarantino cambia el final del asesinato de Sharon Tate y nos dice “saben qué, así es como debió pasar”. También lo vemos en la serie Hollywood de Ryan Murphy y Ian Brennan donde en la década del cincuenta, cumbre de la idea racista y misógina, le entrega un Óscar a una mujer negra, le da otro a un guionista negro y gay, hace a una mujer la directora de una de las grandes productoras de cine. Es decir, el recuerdo existe, ahora hagamos de ella un relato de revindicación. Lo hace también la serie Gambito pero en una medida no comprometida del todo ya que Harmon está basada un poco en la historia de Bobby Fischer pero sus límites estéticos responden a una cosificación de la mujer.

Es también innegable que en el ajedrez, lo que importa nada tiene que ver con algo diferente a la capacidad intelectual. Hablemos de mujeres ajedrecistas y fisiculturistas; ajedrecistas y sin maquillaje; ajedrecistas y odiadoras de dietas. ¿Cuándo serán mayoría en la televisión, el cine, la moda o las revistas?

Gambito de Dama: Harmon tiene derecho a ser reconocida como la mejor.

Nos aterra la balanza entre esfuerzo y suerte; entre capacidad y disciplina. La serie plantea otra de las obsesiones de nuestros tiempos: el éxito. Harmon tiene una procedencia que fue inmortalizada por Charles Dickens en el siglo XIX: la miseria. Los libros Tiempos difíciles o el aclamado Oliver Twist nos enseñan una simpatía que puede ser inadecuada hacia la pobreza superada. Aún así, Harmon no es mostrada como un ejemplo de sacrificio individual sino como uno circunstancial. Le fascina el ajedrez porque sinceramente, no había nada más interesante en aquel orfanato; su capacidad intelectual es presentada como un don, una singularidad, un regalo divino que nos salva de la idea de pretender ser campeones mundiales de ajedrez. En cambio nos da la salida fácil: “si yo hubiera nacido con ese talento…”.

La ayudan los psicotrópicos para potenciar su habilidad, se encontró con una madre adoptiva que sirve como una magnífica manager sin ser controladora o explotadora, relación feminista fuerte ya que no se rivaliza la relación madre-hija, sino que al contrario de ello, se muestran como aliadas, leales, un equipo que no necesita de hombre. Este es otro rasgo que juega en contra del éxito fácil para los consumidores modernos “si mi padre me hubiera puesto desde pequeño a practicar, hoy sería grandioso…”.

La rescritura de la maternidad: una relación de aliadas antes que de competidoras.

Esta ilusión de poner en otro la responsabilidad del propio crecimiento lo rompen ejemplos como la vida y serie de Luis Miguel (también en Netflix) o la nueva Súbete a mi moto (Amazon Prime) en donde descubrimos que no está tan bueno ser explotados con ferocidad. Estos niños tuvieron todo lo que alguien puede desear, y en el camino, fueron rotos como juguetes que imprimían dinero a montones.

En Gambito de Dama, Harmon inspira una admiración feminista de la que ni siquiera es consciente. Su obsesión por el ajedrez y su desinterés por todo lo que “las niñas hacen” no es un símbolo tan puro de independencia sino uno de apatía social, de una persona nada promedio y peligroso si alguien quiere imitarla. Entonces… “si no me hubieran interesado tanto las fiestas y me hubiera puesto a trabajar más en aprender esto o aquello… tendría éxito”. La pregunta entonces sería ¿es buena la obsesión?

En cuanto a los ídolos y al feminismo, el caso más candente de estos días es la muerte de Diego Maradona. Los medios de comunicación han enloquecido por las voces populares gritando desesperadas ante la desaparición de un héroe que parecía ser inmortal. El feminismo sobre todo ha dado mucho de qué hablar por su manifiesta variedad de opiniones. Si se debe juzgar a Diego por las alegrías de un país apasionado por el fútbol o por la misoginia es un eje central por lo siguiente: Declarar una ideología es comprometerse a ella, no usarla con la flexibilidad de un frisbi que va y viene según la fuerza de nuestro brazo y las ganas de atraparlo.

Gambito de Dama: Harmon tiene derecho a no ser juzgada.

¿Nuestros dioses deben ser perdonados por su grandeza? A propósito es interesante ver el show de Hannah Gadsby llamado Nanette en donde toca de manera frontal este asunto citando a Picasso como hombre talentoso y al mismo tiempo despreciador del género femenino. Un artista por muy genial que sea, influye no solo con su arte sino con su vida y su su vida es un desastre, debemos parar un momento y reconsiderar el asunto. Si Maradona debe ser tratado con respeto y grandeza, también Woody Allen porque el reproche que se le hace a los dos tiene una coincidencia innegable.

Un feminismo al que le cuesta librarse de sus propias cadenas debe ser cuidadoso. Se debe delimitar en dónde esta la lealtad y cuál lealtad es mayor. Mariana Enriquez en una columna para Página 12 vincula a Maradona con la única vez que vio llorar a su padre. Su recuerdo personal y familiar la excusa de dar una opinión sobre su idea de un futbolista acusado de misoginia, maltrato, excesos y demás. No es que crea que deba decir algo diferente, pero llama la atención el hecho de que con todos los elogios y halagos que lo describen como “El mejor: un artista popular sofisticado, alguien que hacía posible lo imposible pero que nunca hacía que pareciera fácil, nadie diría que eso que pasaba entre Diego y la pelota era normal, como no es normal el Requiem de Mozart”.

Entiendo la admiración y la comparación con Mozart, es decir, los dos eran los mejores en su campo, ahora bien, ¿se trata de quién es el mejor sobre el resto, o quién es la mejor persona con el resto? La lectura puede ser algo así como: “bueno, qué te puedo decir, el chabón tenía un talento inigualable, era el mejor, y eso debe ser objeto de culto, respeto y admiración, lo malo qué se yo, venía de la pobreza, no conocía otra cosa”. Es una excusa pobre y mediocre suponer que con tanto alboroto feminista, se pueda justificar algo que está siendo perseguido con tanta ferocidad. También Roman Polanski es uno de los mejores en su campo, al igual que Kevin Spacey y una lista larga de otros personajes maltratadores que están siendo crucificados.

Esto si bien es hasta irónico, la profundidad proviene de los equipos para los que jugamos. Si eres feminista debes pensar de esta forma… pero alto: en este momento se es más argentino que feminista, un identidad le gana a la otra y entonces como Maradona es la figura internacional más grande del país, hay que ser patriota. Pero bueno, no es así del todo, también se puede uno identificar con la pobreza, entonces la figura del héroe es una clase de Robin Hood que nos llena de esperanza. También en Colombia tenemos la figurita de Pablo Escobar siendo admirado por irse en contra del establecimiento político y bueno, lo malo parece que se puede tomar como daño colateral y necesario para una causa mayor. No coincido.

El último comentario al respecto es la dicotomía patria/feminismo que generó Thelma Fardin. La cuestión sobre su comentario sobre Maradona debió ser resultado de una larga jornada de pensar qué decir y cómo decirlo. Comienza adelantándose a los malos comentarios: “Vengan ahora las críticas porque si soy feminista no puedo postear esto”, al contrario, sí puede, de hecho lo está haciendo. “Gente, el feminismo es liberación, no rendirle cuentas a ustedes” lo de la liberación es cierto, aún así no se le critica por admirar a quien quiera o sea relevante en su vida, es un giro hacia un océano más profundo, o se admira el talento, o se admira al modelo. Ojo que una lectura crítica de los medios debería indicar que prever la tormenta posibilita la acción de no provocarla. Lo final es “Qué agotador que la lupa nos la pongan a nosotras. ¿Calladitas y sin opinar les gusta más?” y esto ya excede el talento futbolístico e incluso la militancia. Cuando dice “calladitas y sin opinar les gusta más” ¿en quién está pensando, en ella y su libertad individual de expresar su admiración por un hombre acusado de misoginia o en las mujeres que denuncian haber sido maltratadas por Maradona y que tampoco quieren quedarse calladitas?

Si piensa en que ella, puede decir lo que quiera porque entonces es un asunto concerniente a su vida privada y su intimidad. Si piensa en las mujeres víctimas, entonces es un manifiesto de desvinculación a un ideal que se pretende absoluto, no a conveniencia según el caso. Si se denuncia el maltrato, se denuncian todos los maltratos, no los que nos parecen adecuados.

En Gambito de Dama también se muestra este deslizamiento de lealtades en un ámbito muy real: Harmon derrota no solo a su archienemigo, sino al de los Estados Unidos: Rusia. Después de dos derrotas, termina su gran coronación como reina en la tercera, que es la vencida. Típico de la producción Hollywodense y de un Estados Unidos que siempre le gana a todos los demás, aunque en la vida real, a Bobby Fischer le quitan el pasaporte Estadounidense, lo persiguen y termina viviendo y muriendo en Islandia cuando ese país le otorga la nacionalidad: ¿héroe exiliado?

Bajo qué parámetros medimos la fama, la gloria, la cima.

Para Harmon, es una construcción ficticia y sobre ella se juzga a la manera occidental. Un juicio hecho a base de una perversa intolerancia. La forma en que se mide a los individuos es más cuantificable que cualificable: ¿cuánto dinero gana? ¿cuántos cartoncitos de universidad ha acumulado? ¿cuantas veces ha viajado al extranjero? ¿cuántos años tiene? ¿por cuántos divorcios ha pasado? ¿cuántos torneos de ajedrez ha ganado? ¿tiene un pene o dos senos?

Redefinir a nuestros ídolos en pro del mundo en el que queremos vivir debe ser un viaje hasta los huesos, hasta lo más profundo de nuestras creencias individuales y colectivas. Modificarlo todo, incluso a nosotros mismos. Hacer cambios que signifiquen, repudiar el horror, que no sea una cuestión de moda. Por ello, la última razón para desconfiar de las enseñanzas de la serie Gambito de Dama por maravillosa que sea es ¿cuánto tiempo crees que durará tu afición por el ajedrez? recuerda que antes de Harmon, el tablero y las fichas estuvieron ahí… todo el tiempo.