Clark Gable · Sucedió una noche

Todas las películas son nuevas. Cada semana se estrenan tantas producciones que no alcanzaría tener el giratiempo de Hermione Granger para verlas todas. Sin embargo, todavía me decanto por esos clásicos viejos en donde la definición no está en HD y los cuerpos no son de súper héroes. De hecho ya hemos publicado maratones de Marilyn Monroe y Audrey Hepburn. Hoy me senté a ver Sucedió una noche, la primera película dirigida or Frank Capra, estrenada en 1934. Protagonizada por Clark Gable y Claudette Colbert, el presupuesto del filme fue de poco más de 300 mil dólares (un montón en aquella época) y recaudo 2.5 millones de dólares. También es un hito de la moda porque Gable hizo algo que nunca había pasado en la pantalla grande.

La historia va de una chica mimada e hija de un banquero, Ellen, quien, atrapada entre sus ganas de casarse con King y la prohibición de su padre para que lo haga, se escapa tirándose del yate familiar aparcado en Miami para correr a Nueva York a encontrarse con su amor.

No la tiene fácil Ellen para quien el mundo lejos de sus millones es un lugar desconocido. Compra un pasaje en autobús y el único asiento libre debe compartirlo con Peter Warner, interpretado por Clarke Gable quien trabaja como periodista y al reconocer a Ellen por una foto en el diario, se aventura a llevarla hasta la gran ciudad ya que es muy obvio que ella no tiene idea de como hacerlo. De hecho le roban el equipaje y casi casi no entiende cómo funciona el mundo de los mortales.

Entonces la aventura es de carretera y en la primera noche, con solo el dinero para alquilar una habitación, los dos deciden dormir en sus camas respectivas separados por una manta colgada de una soga puesta de pared a pared. Ellen por supuesto está increíblemente indignada y rechaza la propuesta de quedarse juntos. Peter sabe que no tiene otra opción así que empieza a desvestirse para ponerse su pijama sin importarle la pose de estatua de Ellen junto a la puerta.

Y ahora lo interesante: mientras se va quitando la chaqueta y los sujetadores, le va contando a Ellen cuál es su rutina para desvestirse. ¿Han pensado alguna vez en ello? Yo lo primero que me quito son los zapatos y las medias. Luego los accesorios que traiga encima y por último la camisa seguida por el pantalón. Cuando Clark llega justo a la camisa, en pantalla los miles de espectadores se encontraron con que el intrépido periodista no utilizaba camisilla interior. Su torso desnudo aparece provocador ante la mirada de Ellen quien decide irse a su parte de la habitación antes de que la ropa siguiera cayendo.

Esta pequeño acto en una película de 1934 significó que a partir del estreno, la venta de camisillas interiores cayera en picada en los Estados Unidos. Nos demuestra el poder de los medios de comunicación y del cine como referente para nuestras propias vidas. Queremos imitar a los héroes, a las bellas mujeres aventureras, a nuestros modelos a seguir que resultan ser personajes de ficción pero que componen nuestros sueños más profundos.

Hubo otro momento en la película de esos que son tremendamente impactantes: Claudette, en aras de hacer auto-stop, se sube la falda y hace que inmediatamente un conductor pare y se ofrezca a llevarlos. Esa escena ha quedado grabada en la cultura popular cinematográfica y ha sido repetida por muchas actrices después.

La película fue éxito rotundo y de cinco nominaciones al premio Óscar, ganó los cinco incluyendo mejor actor y mejor actriz principales para nuestra pícara pareja.

No se ustedes pero a mí me encanta ver películas viejas, sentirme identificado y deleitarme con la belleza, el talento y la química de aquellos que han consolidado la industria del cine y que han dictado cómo se vive el amor más apasionado, el despecho más doloroso y la reconciliación más dulce. Por supuesto que estos dos loquillos se enamoran en el camino, lo que no les puedo decir, es si terminan juntos.