Moda contemplativa · NYFW/Londres primavera 2020

Recuerdo que hace algunos años estaba con un amigo que también trabaja en el mundo de la moda. Nos encontramos para ir a un par de desfiles de la Semana de la Moda de Buenos Aires. Él, como suele ser su personalidad, iba sobrio, ahorrando en colores, con una remera negra básica y una bufanda gris que le hacía juego. Su jean era recto con algunos desgastes y aberturas leves que deshilachaban un poco, sus botas eran preciosas, negras con algunos apliques en metal. Por el contrario, yo iba con un pantalón bordeaux, una camisa con pequeñas estampas en fondo blanco y un chaleco de traje formal (que por cierto me regaló Oriana Godoy hace años) y un moño morado. Mis zapatos eran unos botines con tacón vaquero, negros. Me sentía poderoso, me sentía con un buzzzz inigualable. La confianza provenía de verme bien y gustarme, de caminar con fuerza y sentir de reojo la mirada de otros que, sin importar si les gustaba o no, alimentaban mi autoestima. Yo era la moda contemplativa y mi amigo era la moda funcional.

Todo muy bien hasta cuando mi amigo en un momento me dice «me parece que deberías estar menos cargado, es decir, la moda es para verse bien y no para llamar tanto la atención«. Yo me quedé entre mudo y extrañado. Me veía al espejo y no podía creer que un moño y un chaleco fuera la exuberancia que él me estaba imponiendo. Entiendo las reglas de la moda, entiendo cuando se está muy cargado, es decir, Lenni Kravitz usó una bufanda del tamaño del universo y estaba cargado, pero también magnífico. No pude dejar de preguntarme: ¿desde cuándo la moda en nuestra región consiste en parecer distinguido pero sin llamar la atención? ¿terminaremos todos usando el mismo buzo negro?

Anna Wintour dice que odia el color negro, siempre viste de flores e intenta que sus outfits llenen de alegría su entorno. A ella le gusta jugar con su ropa y no tener el miedo de, al poder parecer cargada, utilizar pura ropa negra para ir a a la segura. Eso piensa Carla Rodríguez y es cliente fiel de Pablo Ramírez, un diseñador que se enamoró de la década del 50 y su mundo está configurado entre el blanco y el negro. Pero una cosa es adoptar este código como una declaración estética y otra es utilizar solo negro como regla para siempre quedar bien ¿en dónde queda la diversión?

Dos imágenes tengo de la diosa newyorkina Carrie Bradshaw: el primero es ese conjunto que todo el mundo vio: ese tul y esa básica rosada que la acompañaba en su caminata por la ciudad en el intro más fashionista de la historia. La segunda es ella feliz caminando en una de las películas de la serie, ya hacia el final de la saga, con una flor inmensa que para una mujer que mide un metro con sesenta, podría ser un exceso, pero no, su personalidad es más grande. Eso es moda, es la posibilidad de expresarse fuera del marco sin el temor a ser juzgado, teniendo en cuenta nuestro cuerpo, los referentes de estilo, las combinaciones correctas (todo eso está muy estudiado) pero también equivocándonos, siendo críticos y perdiendo el temor a la mirada de los demás, porque, como dicen que dijo Chaplin (lo vi en un meme) «lo que los demás piensen de uno es su problema».

Moda contemplativa

La muerte de la moda no es la desnudez imprudente, es la conversión de la indumentaria en arte que solo existirá para ser admirada. Es lo que hoy acontece: alrededor del mundo los museos exponen diseños de nombres consagrados como si fueran pinturas o esculturas. Es que lo son. Pero a diferencia de las pinturas o las esculturas, esos vestidos tuvieron como primer museo las calles. Hoy la moda contemplativa tiene dos ángulos: la exposición que va de la mano de las retrospectivas de los diseñadores y la pasarela performática, donde podemos ver el desarrollo de una historia (cuando es una buena pasarela) contada con piezas que pretenden ser únicas. La firma Libertine, creada por Johnson Hartig presentó una colección cuyos estampados están basados en tapizados de paredes en una colaboración con Schumacher, una firma que entre otras cosas, vende papel para las paredes. Son patrones sobrecargados que si mi amigo me viera con uno de ellos, se escandalizaría, ¿iría con papel de pared puesto encima? ¡por supuesto que sí girl!

Otro rasgo distintivo de la moda contemplativa es ser también un medio de protesta o por lo menos de conciencia social. Eso lo tienen muy en claro los chicos de Threeasfour quienes diseñaron su colección para la temporada basándose en la crisis ecológica que vive el planeta y nos proponen que vayamos vestidos como algas marinas. ¿Quisiera ir vestido por la calle como alga marina? de nuevo ¡yes girl! no solo estaré usando prendas favorecedoras (debo confesar que he bajado algunos kilos) sino que también estoy usando mi cuerpo para protestar por algo que en realidad me preocupa: que nos estemos tirando la naturaleza de manera olímpica.

Jean Paul Gaultier, un genio de la industria, dejó de hacer pret a porter y se dedicó solo a la alta costura. La razón es la angustia y la prisa que implica hacer doce colecciones al año, también porque además de estar sujetos a ese nivel de presión, deben vender y si no lo hacen, incluso si tu nombre es el nombre de la firma, alguien decidirá que deben reemplazarte. Y para vender ropa no se puede ser ni tan creativo, ni tan imaginativo, ni tan soñador, debes pensar en las personas que, al igual que mi amigo, quieren vestirse bien sin ser too much, aún cuando eso haga que se pierda un tanto la posibilidad de ser originales.

Matty Bovan se inspiró en el caótico Brexit que consume a la política en Gran Bretaña. Sus diseños, llenos de colores, son también deformes, amorfos, asimétricos, desordenados, también parecen pinturas propias del cubismo. Son un derroche de color, de texturas y de formas. ¿Quiero ir por la calle como estás? si fuera una pintura de Picasso? en ocasiones… ¡Yes gir! Es claro que son looks de difícil adaptación, pero no imposible, recordemos una vez más el tul de Carrie Bradshaw.

Mientras los medios internacionales se enfocan en las grandes marcas de lujo que representan la elegancia y la pulcritud, yo invito a que prestemos más atención a aquellas firmas que se arriesgan por la indumentaria como artes más que a la ropa funcional que, de todas maneras, vamos a encontrar en cualquier centro comercial. Es cuestión de entrar a Zara o a Bershka y encontrarse con ropa demasiado parecida con las colecciones de Michael Kross o de Cèline o incluso de Channel y Salvatore Ferragamo, que apuestan por una uniformidad que si bien es muy placentera, también puede ir ligada a un poco de locura.

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