Los desfiles de moda en épocas de Chanel y Dior

Hoy, cualquier persona estaría honrada de ser invitada a la front row de alguno de los desfiles de las grandes marcas de moda. Un viaje a Milán para ver la última colección de Versace, o a Nueva York para sentarnos a observar con detalle los vestidos de Oscar de la Renta o Del Pozo, en Londres con Alexander McQueen o en París a ver lo último de Nina Ricci es todo un símbolo de estatus.

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Solo llegan a esas sillas las personas que son legendarias en el mundo de la moda, los periodistas y las editoras de las revistas de moda, y hasta los compradores masivos. Pero también podemos ver celebridades que le dan mucha prensa gratis a estos eventos y blogueros que compartirán su experiencia en redes sociales desde el mismo momento en que reciban la invitación.

Sin embargo, antes era diferente, por supuesto que lo era. En tiempos en los que Coco Chanel llamaba ojalatero a Paco Rabanne, o cuando se planeaban los desfiles directamente en los atelieres, la moda era solo para las clases altas.

Los desfiles eran una estrategia comercial y la única oportunidad que tenía la sociedad para ver la realidad de un vestido diseñado a medida.

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Debemos empezar diciendo que solo hasta la década del sesenta, el Prêt-à-porter se tomó la industria. Antes no había diez vestidos de los mismos en diferentes tallas colgados en la tienda. Se exhibía un modelo y quien quisiera comprarlo, tenía que someterse a un proceso en el que le tomaban las medidas, le hacían patrones para su cuerpo y ajustaban el diseño, es decir, le daban una prenda perfectamente ajustable. Esto por supuesto tenía un costo muy elevado y por ello, las clases populares hacían sus trajes en el sastre o la modista del barrio utilizando modelos o inspiraciones que sacaban de las revistas.

Después debemos prestar atención a la importancia de la prensa y las limitaciones de marketing. Las revistas de moda eran en su mayoría ilustradas y las producciones fotográficas muy cuidadas. A ellas solo tenían acceso grandes casas de moda, por lo que la oportunidad real de estar cerca del producto final, era estando presente en los desfiles.

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Si lo que querías era comprarle un maravilloso saco a tu mamá que vivía en Dallas, tenías que arriesgarte a adivinar su gusto o enviarle una postal con un dibujo de la prenda y tener suerte en acertar las medidas. Mejor dicho, era toda una complicación.

Cada uno de los trajes salía a la pasarela llevando un número para que los compradores anotaran lo que iban a pedir después. Estaban tan cerca que incluso podían tocar los materiales del vestido.

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También se hacían algunas presentaciones especiales a puerta cerrada para medios especializados o celebridades. Las colecciones siempre debían estar disponibles en el caso de que una Audrey Hepburn o Grace Kelly llegara al taller y quisiera ver los vestidos que iba a comprar. Para ello realizaban un desfile privado de prendas y accesorios. Incluso en muchas ocasiones, los diseños eran exclusivos y armados entre el diseñador y el cliente en tiempo real.

Lo único que realmente importaba era el diseño ya que los periodistas y editoras de moda no eran personas conocidas. A nadie le importaba estar en la primera fila porque si eras un cliente con la capacidad económica de adquirir un vestido de Balenciaga, sencillamente acordabas una cita y te hacían una presentación especial.

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Los ricos y famosos no se juntaban con todo el mundo públicamente y la única razón por la que la prensa cubría estos eventos, era en aras de construir ese mundo fantástico y lleno de belleza que llamamos fashion.

Incluso en estos tiempos de Instagram y Facebook, tenemos la oportunidad de ver en directo los desfiles, de tener un celular que explota con todas las personas que seguimos y que están transmitiendo en vivo, con toda la publicidad de las marcas y los catálogos online. El ciclo se repite y volvemos a estar muy lejos de las prendas que apreciamos por una pantalla muy chica pero que aún no podemos tocar y seamos sinceros: la única forma de apreciar una camisa o un pantalón es tenerlo en nuestras manos y tener la oportunidad de calzarlo en nuestro cuerpo y vernos a un espejo.

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