La pérdida de la identidad en la moda

Cuando Frederick Worth comenzó por allá en el siglo XIX a firmar los vestidos que confeccionaba para la aristocracia, se dice que nació la alta costura. En realidad, lo que estaba inaugurando Frederick era la identidad del sastre, una manera de hacer marca a partir de la creación que, a modo de capricho para las damas de alta sociedad, pasó a ser un producto ofrecido de antemano por los creadores.

Esto llevó un rato. Si bien las casas de moda comenzaban a proliferar por ciudades como París, New York o Londres, aún se conservaba el gusto específico de la clientela. Una mujer debía recurrir en varias ocasiones al taller para hacerse pruebas a medida con las que se iba creando el vestido hasta tener una pieza única al final del proceso, un vestido que vería la luz en el cuerpo de la clienta.

Ilustración de un vestido de Worth para Harper's Bazaar.
Ilustración de un vestido de Worth para Harper’s Bazaar.

Esa génesis de la identidad en el que la alianza diseñador-cliente era sagrada, se volvió a modificar cuando a mediados del siglo XX nació el Pret a Porter o Ready to Wear.

Allí la identidad se movilizó del gusto de los clientes a una serie de tendencias o elecciones estandarizadas de la moda que tenían mucho que ver con la época. La ropa se hacía para masas, para toda la población dependiendo de variables como la capacidad adquisitiva, la profesión, la educación, etcétera. Los productos eran pensados de antemano y la dictadura de los diseñadores se volvió ley.

Respecto a la relación con los tiempos, es claro que cuando Dior y Balenciaga estaban en lo alto de sus carreras, era la década del cuarenta y del cincuenta, tiempos de posguerra. La gente era infeliz, en sus cabezas solo veían los millones de muertos así que la industria decidió que la sociedad necesitaba respirar, olvidar los horrores de la masacre, el asesinato de sus hijos, de sus padres, la angustiante devastación que dejó el conflicto bélico. Entonces, la idea de la moda era acompañar ese renacer de la familia y para ello se necesitaba mucha belleza. Es así como las cinturas de avispa volvieron, los bustos se apretaron, los tacones subieron, los peinados eran imposibles, las mujeres debían ser trofeos para sus maridos y ayudarlos a olvidar a la muerte mientras ellas se distraían en el maquillaje, la laca y las telas de otoño publicadas por Harper’s Bazaar.

Es a partir de la liberación femenina y la llegada de los noventas con la tecnología, cuando el carácter dictatorial de la moda decayó en un triste olvido. La libertad era un bien de todos y como podíamos ver casi instantáneamente qué se ponía Lady Di en su gira por África, entonces a la semana había un ejército de costureras en todo el mundo copiando el modelito de lunares blancos que usó en su encuentro con Mandela.

Ese último paso nos regresa al presente y a cuestionarnos ¿cuál es la relación actual de la moda y la identidad? Ahora que los códigos de vestimenta son “indiscriminados” y todos podemos usar los que queramos porque somos libres ¿cuál es la dinámica entre la ropa y nuestro derecho de expresión?

Tengo dos ideas al respecto: la primera es que la democracia de la moda nos hizo amplios, pero también nos confundió de manera plena. Hay gente “mal vestida” porque su sentido del gusto está desasociado, es decir, se visten como creen que son, utilizando su marco referencial: si quiero ser una Kardashian, me visto como una; si tengo el estilo de Harry Style, le copio los trajecitos; si a mí el que me apasiona es Jay-Z, empiezo a vestirme como rapero, así con todos los referentes de la moda: Jennifer López, Beyoncé, Britney Spears, Celine Dion, Kristen Stewart, etcétera.

¿Cuál es el problema? Que por mucho que te guste Rihanna, vestirte como ella no te adjudica ni su fama, ni su tono de piel, ni su dinero, ni su porte, ni su seguridad.  Lo que hace es que, en el mejor de los casos, te asocien a ella. En el peor de los casos, que hagas el ridículo y no entiendas por qué. O no te importe y te excuses en el “yo me visto como se me de la gana”.

La identidad de la moda en nuestros tiempos está fuera de control porque la humanidad no está acostumbrada a construirse sin los demás. No podemos gobernarnos solos así como tampoco podemos vestirnos desde la arbitrariedad y la anarquía y esperar resultados precisos.

Hoy, cuando todo es válido y podemos comprar un bolso Chanel o su copia más barata, el mundo ha olvidado que la moda pretende hacer que nos veamos de la mejor forma posible, así como de la manera más correcta respecto al mundo que nos rodea. La imitación tenía un sentido claro: pertenecer.  En mi opinión, ya no es así. Hoy la imitación muestra nuestras debilidades, nuestras inseguridades, nuestros miedos y queremos no vestirnos sino armarnos con capas que nos protejan y que nos hagan parecer otros.

El eclecticismo de la moda permite usar diversos estilos sin ninguna norma.
El eclecticismo de la moda permite usar diversos estilos sin ninguna norma.

Los noventas nos dejaron la idea de ser lo que quisiéramos ser. Ahí estaban las Spice Girls o los Backstreet Boys preguntándome quién quería ser, ¿la deportista? ¿la glamurosa? ¿la salvaje? ¿el tímido? ¿el sensual?

Lo que olvidó enseñarnos los noventa fue que no solo importaba saber qué queríamos ser, sino definir primero quiénes éramos.

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