La imagen de las mujeres en la posguerra – Parte 1

especial 1

En tiempos de guerra, la mujer en las fábricas y el famoso

“We can do it”

Escrito por: Yamid Zuluaga y Alejandra Monterroza

 

Las mujeres han jugado a lo largo de la historia un rol que las ha marcado durante décadas y del que aún hoy, es difícil de escapar. Si hablamos de principios de siglo y con el objeto de hacer un balance rápido antes de abordar el tema de esta investigación -la mujer luego de la segunda guerra mundial- debemos ver un panorama general que comenzaremos en el inicio del siglo XX para ubicarnos contextualmente en la problemática a desarrollar.

“El corsé del siglo XIX y la manía del siglo XX por la delgadez conseguida con la dieta y el ejercicio regulares, aseguran que las mujeres se ajusten a ciertas normas de belleza que se presume son atractivas al hombre” esta premisa de Bryan Turner abre no solo la posición de la mujer a principios del siglo XX sino la preocupación de las mujeres durante la historia moderna por encajar en la mirada del otro, en este caso, el otro-hombre. En las primeras décadas (1900 – 1920) la mujer debía ser el espejo de la fortuna de su marido. Sus ropas, sus modos y su única visión era la de conservar una belleza digna de la persona del sexo opuesto que las había elegido, en todo caso, que se había interesado en casarse con ellas. Las mujeres de sociedad se dedicaban exclusivamente a labores relegadas por la supremacía de los hombres en una época en la que el matrimonio era la aspiración absoluta de cualquier mujer y componía la forma evolutiva primordial en el proyecto de vida femenino. Ni la voz, ni el voto ni la opinión eran tan fuertes como la de ellos.

Debemos tener en cuenta el inicio de la primera guerra mundial y la llamada a muchas mujeres a trabajar -no tantas como iba a ocurrir en la segunda guerra- pero sí las suficientes para que luego de terminado el conflicto mundial con la firma del tratado de Versalles en 1919, las mujeres tuvieran una nueva visión de su papel en el mundo. Muchas conservaron sus trabajos y a lo largo del mundo los años veintes impusieron una moda de celebración continua en ciudades como París y Nueva York. El arte y el entretenimiento se apoderaban del mainstream del mundo civilizado y el cine se imponía como una nueva manera de marcar la tendencia. Fue en este momento en que la lucha por la igualdad comenzaba con pasos más firmes a la adquisición de derechos y libertades que solo el conflicto bélico internacional logró poner sobre la mesa o al menos ser la aspiración de una sociedad que debía cambiar, evolucionar.

Aprovechando su incorporación a la vida laboral, grupos feministas se hicieron a la tarea de abonar terreno hasta lograr objetivos firmes que desvanecieron el concepto de mujer-adorno en la sociedad. En 1918 países como Alemania, Rusia, Austria o Bélgica aprobaron el voto femenino. En Estados Unidos se aprobó en el año de 1920. Las mujeres se dieron a la tarea de independizarse y ganar terreno en lugares antes censurados.

Uno de los anuncios en la revista Life de la época que reza: El colegio Scripps finaliza el año con siete estudiantes casadas, once comprometidas, un campo de bodas
Uno de los anuncios en la revista Life de la época que reza: El colegio Scripps finaliza el año con siete estudiantes casadas, once comprometidas, un campo de bodas

En la década de 1930 se continuó la avanzada de la mujer en relación a su poder social respecto al hombre. Se lograron importantes reformas sobre la posesión y administración de los bienes, privilegio otorgado única y exclusivamente a los hombres como administradores de la riqueza. Se consiguió disminuir la brecha de sueldos entre los dos géneros –tema que aún hoy sigue tan vigente como entonces aunque menos desigual- y se le permitió a la mujer tener una independencia económica producto del ya camino recorrido durante la primera guerra mundial y los ajustes que vinieron después de la crisis del 29. Parecía que cada tragedia era aprovechada por ellas para ganar escalones en ámbitos financieros, políticos, sociales y culturales.

Mientras unas luchaban, otras se daban a la tarea de vender ilusiones. La campaña propagandística durante el proceso de recuperación de los países azotados por el crack de Wall Street y los aún vividos estragos de la primera guerra tenía como objetivos vender mujeres irreales, diosas de la pantalla grande y divinas musas que solo exhalaban belleza y perfección, esto con el objetivo de construir esperanzas en el imaginario social. Muchas familias lo perdieron todo y no tenían un horizonte a qué aferrarse, por ello, el cine fue su escape, una huida al hambre al desempleo, a la quiebra, los treinta es llamada la década de las divas. Fueron en estos años en donde el glamour invadió la sociedad haciendo íconos como Katherine Hepburn, Ginger Rogers, Greta Garbo, Joan Crawford o Marlene Dietrich.

En las artes finas, los nuevos movimientos invadían el mundo con propuestas que le daban cabida a todos y todas. El expresionismo, el dadaismo, el surrealismo, el cubismo, el constructivismo, el futurismo y otros, democratizaban no solo la cultura sino el rol de la mujer en una sociedad que con esfuerzos y paso a paso lograban sacarse de encima su posición relegada. Era el inicio de una nueva era marcada por el dolor y el sufrimiento.

Llegó la segunda guerra mundial y el panorama se repitió. Los hombres a la guerra y las mujeres al trabajo para poder sostener sus casas y sus vidas de una manera digna. Para el año de 1945 más de 2 millones de mujeres trabajaban en la industria bélica. Esta vez fueron mucho más allá de sólo prestar servicios como enfermeras, telefonistas o manufactureras. Con una historia reciente de superación, se crearon organismos como el Canadian Women’s Army Corps, el Women’s Reserve of the U. S. Coast Guard Reserve o el Women’s Royal Canadian Naval Service. Ellas tenían importantes funciones que cumplir en nombre de su patria y de sus propias vidas y la diferencia de géneros se redujo drásticamente en pos de un bien mayor, todo en tiempos de guerra.

Fue entonces cuando circuló la famosa imagen de Rosie la Remachadora con su lema “we can do it”, un ícono que sirvió como modelo para reclutar mujeres a lo largo y ancho de Estados Unidos que sirvieran con su trabajo y su labor en la guerra. Para muchos, años después en otro contexto, este fue el símbolo del feminismo por excelencia, sin embargo, en esos momentos de guerra si bien le permitió a la mujer escalones que antes no había ni siquiera podido soñar, el objetivo no era precisamente empoderarlas, más bien se trataba de una campaña para que Estados Unidos estuviera en su máxima capacidad productiva para apoyar el conflicto armado. Con incentivos como el sueldo, la independencia o el honor de los hombres que estaban luchando en el frente de batalla, miles de mujeres se agolparon a ocupar posiciones en fábricas y talleres. Tanto así que la revista Life con una mujer trabajando como portada, publicó un amplio reportaje fotográfico en el que se veía a mujeres orgullosas soldando, en las cintas de tornillos, transportando piezas de maquinaria pesada, en otras palabras, haciendo lo que se pensaba, solo los hombres podían hacer.

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Durante la segunda guerra mundial, un total aproximado de 3,5 millones de mujeres extranjeras fueron incorporadas, la mayoría a la fuerza, al sector industrial y agrícola para remplazar, junto con trabajadores civiles extranjeros y prisioneros de guerra, a los alemanes que luchaban en el frente”. La situación de las mujeres, no solo en Estados Unidos fueron utilizadas para fines bélicos, no ganaron terreno a pulso de sus propias luchas por la igualdad. Esto se reflejó muy bien en la década que vamos a estudiar: la postguerra. Si bien Rosie La Remachadora hoy es una imagen con una carga simbólica inmensa, vale la pena aclarar que fue hasta las décadas del 60 y 70 cuando se convirtió en un ícono popular y bandera de muchas causas feministas.

El 3 de mayo de 1948 apareció la edición de la revista Life con una frase en la portada que nombraba a uno de los artículos principales: “Career girl” en donde el fotógrafo Leonard McCombe retrata a una chica, Gwyned Filling, de 23 años, graduada de la escuela de periodismo de la Universidad de Missouri, en su habitual vida en Nueva York mostrando independencia y una capacidad de autogestión poco valorada en ese tiempo. El reportaje despertó diversas emociones entre los lectores de la revista Life criticando la poca feminidad de Gwyned y abriendo un debate de indignación moral en Estados Unidos. ¿Pueden las mujeres trabajar?, ¿pueden ser exitosas?, ¿tienen derecho a ser libres?.

Continuará… no se pierdan la segunda parte de este especial la próxima semana. 

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Parte del reportaje sobre Gwyned Filling

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