Inspirarse en México

Fue la primera vez que viajé a México. De antemano uno sabe con lo que se va a encontrar, o al menos lo imagina. Las novelas mexicanas, el Chavo del ocho, así como ciertos clichés como los tacos y los mariachis son una pequeña parte de las sigularidades de Mexíco.

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Sin embargo, a lo que fui preparado, es a ver a las mujeres. Su forma de caminar, las prendas que elegían para el día, los cambios en la noche y esa feminidad tan asociada al color, porque si algo tiene México, es color.

Las mujeres tienen una coquetería especial. El cabello largo y perfecto a toda hora y un caminar en el que exageran un poco el movimiento de caderas. Casi imperceptible. Los chales tejidos con hilos orgánicos de colres rojos, naranjas y verdes, acompañan los paseos a la plaza en las noches de frío. Pantalones ajustados que terminan en eternos tacones punta, botas altas y blusas con cuello campesino son tan comunes como en las fantasías de quienes pensamos en el caribe como un lugar mágico lleno de espíritu y pasión.

Guanajuato queda en la mitad del país, o casi. Una de las cosas que nos dijeron en principio fue: “todos los caminos van al Juarez”. La ciudad está acomodada en medio de una zona montañosa y por ello lo único que ves, son colinas adornadas con casas pintadas. El centro es la calle donde se encuentra en Teatro Juarez, un edificio de influencia francesa con estatuas de mujeres que hacen la cuenta de musas al borde de su techo. Es el punto más bajo y de allí, lo común es “callejonear”, subir escaleras y descubrir pasillos ocultos de una ciudad que venera a Don Quijote de la Mancha. Si estás perdido en Guanajuato, solo debes bajar por el camino en el que estés y llegarás a Juarez.

Vestidos como antiguos trovadores; con calzas, sombreros anchos de plumas, pantalones bombachos hasta las rodillas y chalecos de pana con botones dorados, los hombres se ofrecen en las esquinas a hacer recorridos por los callejones mientras develan la historia de una ciudad milenaria.

La ciudad de México, por su parte, tiene un toque cosmopolita increíble. Caminar por la calle Presidente Masaryk es hacer un tour por las mejores tiendas: Louis Vuitton, Hugo Boss, Versace, Ermenegildo Zegna… una calle para deleitarse con las vitrinas de las firmas que nos hacen soñar cada noche. Eso y todo un despliegue de una belleza reluciente que es maquillada con sombras fuertes, un rouge impecable, mejillas rosadas y el cabello suelto al aire.

Los lugares son hermosos y la magia que se respira es amor. La colonia Condesa, el Paseo de la Reforma, el centro histórico, San Ángel, el Auditorio Nacional, Coyoacán, todo es un gran perfume de una sangre revolucionaria y guerrera.

Caminar por Condesa es ver un lado suave de la ciudad en donde los hombres se sienten libres de congeniar esa imagen de macho mexicano con la de galanes de novela. Con mucho gel en el cabello y la ropa más tallada que nunca, pasean por las esquinas, dejando caer un piropo cada tanto y llevando su mirada a todos los lados, como prevenidos, como complacientes.

Fui a México a ver moda, flores y tomar tequila. Al final del viaje, luego de hacer todo eso, descubrí que el país es sostenido por una gran capacidad de adaptarse a las dificultades y pornele a todo una sonrisa. Cuando es posible. Cuando no, tomar las armas y luchar por ideales de libertad.

¿Qué más se puede decir sobre México después de escritores como Juan Rulfo? no mucho, solo que ir al país Azteca es llenarse de vida, de historia y de unas ganas infinitas de volver.

 

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