Diseño de interior, arquitectura y moda

Al igual que la arquitectura, la literatura, la pintura o la escultura; la moda responde a la época en la que se desempeña.

 Los artistas toman la realidad como inspiración. Y nada mejor que la tragedia humana para crear magníficas piezas como el David, la Mona Lisa, El retrato de Dorian Grey o la estatua de la libertad.

Pues hoy vamos a hablar de la influencia y el diálogo que entablaron las tendencias estilísticas en códigos de moda y algunos de los movimientos arquitectónicos e hitos del diseño del interior más importantes del siglo XX.

Coco Chanel y el Bauhaus

Comenzamos con la gloriosa década de Coco Chanel. Fueron los veintes los años en los que las mujeres se despojaron no solo del corsé, sino de todas las incomodidades de la indumentaria. Gracias a Coco, le dijeron adiós a las faldas como imperativos y a los sombreros imposibles y bienvenidos los pantalones junto a tocados discretos, vestiditos lisos y camisetas de rayas marineras. Lo que esto provocó es que la ropa sirviera a las personas y no al revés. Que fueran un aliado y no una incomodidad perpetua.

Mientras tanto, el arquitecto alemán Walter Adolph Georg, fundaba en 1919 la importante escuela BauHaus (que es la unión de dos palabras alemanas que significan construcción, bau y casa, haus) en la que se enseñaba a encontrar la funcionalidad con la estética del diseño arquitectónico. Esta escuela que tuvo influencias en el diseño, la construcción y hasta la fotografía, confiaba en algo parecido al “menos es más” y votaba por edificaciones sencillas con una tendencia racionalista luego de los desastres de la primera guerra mundial. 

Estos dos movimientos impulsaron una manera liberal y progresista de ver la vida. Una modernidad que rechazaba los estatutos anteriores de grandes aristocracias muy divididas de la población en general. Así como Coco logró democratizar la moda al ofrecer vestidos que las mujeres sin recursos podían copiar sin muchos problemas y lo mismo con la bisutería, la Bauhaus llamó a la prudencia y a la sencillez en los diseños.

La llegada a la luna, la moda futurista y el diseño extraterrestre

Saltamos de los veintes a los sesenta donde hubo de nuevo muchos cambios, esta vez, inspirados por una juventud aburrida de la guerra y con ganas de comerse al mundo (casi literal, ¿haz el amor y no la guerra?) y con ella inició una de las carreras más extrañas del planeta: la carrera lunar.

 Todos andaban a la expectativa de quién sería el primero en pisar la superficie lunar, Rusia o los Estados Unidos. Y aunque sería hasta 1969 cuando tal cosa pasara, toda la década vio como esta locura espacial se tomaba el arte y la cultura. 

Dos cosas podemos destacar en los puntos de unión entre el diseño interior y la moda: el primero es la ropa futurista. Se comenzaron a utilizar un montón de materiales que antes no se concebían como parte de un traje. Entonces el vinilo, el plástico, aleaciones de algunos metales, telas sintéticas, nylon y todo lo que pudiera moldearse empezó a introducirse en la moda.

 No de sus mayores exponentes fue el diseñador André Courrèges que se valió de casi todo para hacer de la moda, algo de otro planeta. Fue así como cascos, botas plásticas hasta las rodillas, lentes ovalados y pintados, vestidos con enormes agujeros o cuadrados como tocados se tomaron las calles. Eso sin mencionar la revolucionaria minifalda de Mary Quant.

En términos de diseño, lo más visible fueron los modelos de televisores modernos y electrodomésticos que parecían máquinas para volar que licuadoras o televisores. Los muebles de colores fuertes, las paredes de rojo o naranja intenso y el liberalismo nos colmó de una juventud eterna. El oscurantismo anterior desapareció para explotar en gormas geométricas y artículos que reflejaran nada más que alegría y vitalidad. Se necesitaba mucha para llegar al espacio.

En esta época la impronta del diseño de interiores y de la moda fue: “la vida es una sola, ve y disfrútala al máximo. No te restrinjas”

Versace y las alfombras de piel de oso

Por útlimo llegamos a la década de los ochenta donde el “más es más” fue tanto en la indumentaria como en el diseño de interiores.

Toda la carne se ponía en el asador, como dice el dicho y mostrar el dinero era lo más importante que alguien podía hacer. Pensándolo bien, las Kardashian son buenas nietas de los ochentas. Era casi vulgar todo lo que alguien se podía poner encima. Unos grandes aretes de oro, unas gafas de sol, pantalones chicles rosados, botas altas felpudas, blusas florales con hombreras y encima un inmenso abrigo de pieles. Sabrá Dios a cuantas nutrias habrán tenido que matar por cada abrigo. 

En cuestiones de diseño y arquitectura, la cosa no fue diferente. El mejor exponente es quizás Gianni Versace que hacía a las mujeres explotar su lado más sexual. Los escotes eran demasiado, la joyería era demasiada, los tacones eran demasiado, pero resultó ser el diseñador que llevó adelante la marca de moda más importante del mundo.

 Si hablamos de diseño, solo basta ver algunas películas de la época para casi vomitar con todo lo que podía caber en una habitación. Muebles con estampado animal, alfombras de piel de oso, mampostería finísima y enorme, tallados en las esquinas de las paredes, mármol dentro, mármol fuera, mármol donde sea.

 Fueron los años de la exageración y por supuesto, todo se fue al otro extremo en la generación siguiente.

La moda y la arquitectura están ligadas de forma tan íntima porque son las extensiones de nuestra propia existencia y la forma en que los demás nos leen. Es por la casa en la que vivimos, la ropa que usamos y los adornos que compramos que le damos una idea a los otros de quienes somos. Por ello es tan importante descubrirse como personas reales y acertar en estos tres aspectos para hacer de nuestra vida, un relato honesto y coherente que todos puedan leer de la mejor forma.

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