Caminar por los Campos Elíseos

París es el sueño de todo fashionista o aspirante a un lugar en la moda. La historia se encuentra en la plaza Vendome, donde Coco Chanel vivía durante la segunda guerra mundial hospedándose en el famoso Ritz a unos pocos metros de la columna del emperador Trajano. O entrando a las espectaculares galerías Lafayette donde puedes convivir con todas las firmas juntas que son un sueño para un latinoamericano. Está Tom Ford al lado de Fendi; Miu Miu, Prada o Salvatore Ferragamo. Stella McCartney con sus hermosos abrigos o Louis Vuitton con sus carteras inolvidables. Todo París respira un estilo único y sencillo. Sin embargo, donde más se siente la vibración del espíritu parisino, es sin duda en los Campos Elíseos.

Esas calles son el centro de París. Quedan paralelas al río Sena y la línea que todo el mundo hace es la siguiente: primero está el famoso Louvre, sede de la monarquía francesa hasta su traslado a Versalles. Esa magnífica construcción en forma de U da a un recorrido de jardines llamado las Tullerias que terminan en la plaza de la Concordia donde arrancan los Campos Elíseos. Lo maravilloso de ese recorrido que finaliza en el Arco del Triunfo, es que París muestra todo su esplendor con las grandes firmas de moda cuyas vitrinas reflejan los sueños de aquellos que como yo, palpitamos pensando en lo que la moda hace en el mundo: cubrirlo de belleza.

Una de las cosas que más me impresionó es que las tiendas repiten a muy pocas cuadras. Tienes un maravilloso Dior que ocupa tres pisos mostrando las últimas colecciones y a las pocas cuadras te puedes encontrar con otra tienda de Dior. Así mismo pasa con Chanel, Max Mara, Berlutti, Billionaire o cualquiera que sea tu firma favorita. Esto me hizo pensar que lo que para nosotros es exclusivo -ya que si acaso encontramos un Hermès por país en Latinoamérica-, para ellos es una cotidianidad. Las ventajas del primer mundo y sobre todo el arraigo que esas firmas han demostrado como influenciadores mundiales en el estilo y al mismo tiempo negocios cuyo mercado principal es Europa y los países ricos como los petroleros de Medio Oriente, China o Estados Unidos.

Fue mi primera visita a París y lo que descubrí son dos cosas fundamentales:

La primera es que el famoso estilo parisino consiste además de lo que podríamos llamar buenos genes, de básicos con abrigos de buena calidad. Poco color para la temporada de otoño y sí muchos pantalones cortados arriba del tobillo con medias estampadas y siempre calzado espléndido: o los buenos oxfords o botines de cuero en colores tierra o negro o las zapatillas deportivas impecables. También buzos cuellos de tortuga, camisetas blancas con pantalones de estampado estilo gales, unos buenos pares de lentes y una correa que haga juego. Esto para los hombres. En las mujeres tenemos las mismas tendencias con variaciones en faldas, estampados discretos y joyas de oro pequeñas que no ocupen todo el campo visual.

Sin embargo, otra cosa noté que a lo mejor antes no estaba tan presente: más allá de la ropa, la calidad de la misma o las buenas combinaciones, a lo que estamos acostumbrados es a ver en las publicidades caras europeas, o mejor dicho, caras hermosas en lugares hermosos. Menos de eso tenemos en nuestros países. París es una ciudad esplendorosa. No importa por qué calle camines o en que callejón te mentas, vas a encontrar encanto. No importa hacía dónde vayas, si estás en el metro o caminando, vas a ver gente parisina: delgados, altos, blancos, con facciones muy delicadas. Eso lo sentí como un terremoto. ¿La lección? poner más atención a nuestra cultura, a nuestras facciones y a nuestras ciudades. Menos aspiracionales y más propios.

La segunda, que está directamente vinculada a la anterior, es que París está llena de firmas internacionales porque todos queremos comprar esas firmas. El primer mundo es la cima de la clase social y del capitalismo. Ahorramos dinero, hacemos sacrificios y casi lo imposible por ir a Europa y seguimos creyendo que son más importantes que nosotros, que son mejores, que son ¡DIFERENTES!

En efecto, París es una fiesta. Pero también debemos apostarle a nuestras economías. No podemos seguir pensando que así somos y nunca seremos algo diferente. La invitación entonces es a utilizar nuestro talento y nuestra vida para apoyar las industrias nacionales y exigir más y mejores derechos. Ser conscientes de que el mundo es de todos y en cada ciudadano, en su deseo de educarse, de ayudar y de ser altruista con el entorno cercano, está la clave para que un día no sea París la capital de la moda sino Lima, o Buenos Aires, o Ciudad de México, o Bogotá.

Eso descubrí caminando en los Campos Elíseos.

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